SOMETHING WICKED THIS WAY COMES...

20 de agosto de 2014

Debate (in)formal - De editoriales, etiquetas y frases lapidarias

¡Hola, nueceros! Dark al habla (o al teclado).

Morrigan está trabajando y estudiando duro para un examen, así que me ha dejado al mando durante unos días. Con suerte encontrará un ratín para que podamos escribir una reseña antes de que empiece el nuevo curso y nuestras vidas se pongan patas arriba y no nos veáis en otros seis meses. Por el momento, y sin que sirva de precedente (para que no bajen las visitas, sobre todo), he decidido hacer una entrada, para que esto no coja telarañas y podáis escribirnos comentarios bonitos… … o no.

Hace unos meses, encontré en mi TL un tweet que enlazaba a un artículo sobre el rechazo de manuscritos en las editoriales. Me entró la curiosidad y entré, sin saber muy bien qué esperarme. De forma resumida puedo contaros que el texto pone al descubierto cómo algunas editoriales (en este caso extranjeras, pero estoy segura de que en España no nos quedamos atrás) juzgan una obra literaria no por su contenido ni por su calidad, sino por el autor que hay detrás. Si eres un desconocido, probablemente te encontrarás con una puerta cerrada y (si tienes suerte), un/a carta/email/pañuelo estándar de rechazo; si eres un autor con un público entregado o, en su defecto, una persona famosa, tienes una oportunidad asegurada. Por supuesto, sabemos que esto no es cierto en todos los casos, porque sino no tendríamos autores noveles en el mundo, pero son datos que no dejan de hacerte pensar.

Personalmente, cuando leo esta clase de cosas, mi pequeño ángel y mi pequeño demonio empiezan a discutir: el primero, con su arpita, me habla del camino lógico por la que la evolución social y cultural nos ha traído a esta situación; el segundo me pincha en el cuello con el tridente y me pide que prenda fuego a cosas. 



Cabe decir que nunca he cedido al impulso, pero no porque no le escuche, sino porque sé que un día subirá el nivel del mar y nos ahogaremos de todas formas, y no quiero pasar el resto de mi vida en la cárcel.

Objetivamente, es normal que haya editoriales que rechacen manuscritos. Hasta ahí seguro que todos estamos de acuerdo. Y el hecho de que estos hayan ganado o no un Premio Nobel o un Booker Prize es circunstancial: los editores, como nosotros mismos, no se han leído todos los libros del mundo, y es difícil seguirle la pista a todas las novelas que han ganado tal o cual premio.

Además, lo que a una editorial le gusta quizá no le gusta a otra, o la “calidad literaria” que tratan de alcanzar podría simplemente variar. Tan normal como que hay gustos: mi libro favorito puede parecerte a ti una basura, y como somos personas civilizadas, tengo que aceptarlo y no saltarte a la yugular.

Aunque esté trillado, el angelito considera, sin embargo, que hay un argumento que sobresale por encima de todos los demás. Uno que ya hemos oído mil veces, y que utilizarán en este mundo mil veces más: “una editorial es un negocio”.

Y entonces es cuando yo me pregunto: si es un negocio, ¿por qué esperamos de ellas que nos den productos de calidad u “obras de arte” (aunque este término es tan confuso que solo me atrevo a cogerlo con pinzas)? ¿No es lo más simple que elijan de entre todas las propuestas los libros de famosos, que saben que se van a vender, o aquellos que arrastren especial polémica detrás? Las grandes editoriales (y no incluyo aquí a las especializadas, con una clientela minoritaria que acude a ellas conscientemente) no nos venden los clásicos creyendo que sean buenos o malos desde el punto de vista artístico, sino porque saben que tienen una tradición detrás y seguirán siendo necesarios para todos los que estudiamos. Las grandes editoriales no tienen conversaciones sobre las metáforas, los juegos de palabras o lo brillantísimo que puede ser un determinado diálogo de una novela: lo que quieren es vender. Reconocerán un buen o mal manuscrito, pero a la hora de la verdad, se fijarán en el nombre que lo firma y las posibilidades de marketing. No sé mucho sobre el negocio dentro de una empresa de este tipo, pero he escuchado a editores decir que no estaban contentos con un determinado manuscrito, pero que lo publicarían porque el autor tenía un nombre.


Y mientras, hermosas historias aguardan en cajones a que alguien les dé una oportunidad. Disculpadlas por tener a un genio que no ha sido reconocido detrás. Los nombres de Belén Esteban y E.L. James ya estaban cogidos, qué queréis que os diga.

Me diréis que hay otras opciones. Si alguien se quiere a dar conocer, no necesita atarse a una editorial. Puede autopublicarse. Puede poner su libro en Amazon, o en un blog para descargar. Por supuesto. Eso no es nuevo. Yo también he escrito y he publicado en internet, cuando era más joven, y usaba los típicos foros para compartir mi historia. Pero la distribución no es la misma, y aún hay gente que se resiste a los libros electrónicos y a las compras por internet. No vas a alcanzar el mismo número de lectores.

Aunque igual se gana más así, si es que alguien lo hace por dinero, porque no es como si a los escritores se les pagase mucho por su trabajo. No todo el mundo puede tener la suerte de J.K. Rowling, aunque por mi parte admiro a aquellos que ponen su obra gratis en Internet, probablemente más por la difusión que por el gesto altruista de difundir cultura… pero oye. Mejor eso que escuchar que los libros deben bajar de precio pero no ser gratis porque los escritores tienen que comer (y son palabras textuales de alguien conocido que se dedica a la escritura): debe de ser muchos lectores somos ricos, claro. Personalmente, si fuera escritora me preocuparía más de lo que chupan las distribuidoras y la propia editorial (no pun intended).

Dejando a un lado el tema de los precios abusivos, de los que podríamos hablar durante horas (¿cómo un ebook vale lo mismo, en algunos casos, que la edición en papel? ¿Es que se gasta lo mismo tomando la maquetación y subiéndola a la red que imprimiendo 600 páginas? ¿Estamos locos o qué nos pasa?), no puedo quedarme tranquila hasta que mencione lo que el mundo comercial ha hecho en relación al etiquetado. Me refiero a trazas inventadas como “infantil”, “juvenil” y “adulto”. A lo mejor es porque soy un espíritu libre que no cree en jaulas para el intelecto, o tal vez que encasillar las historias es una aberración. Porque lo siento, pero una buena novela es debería ser disfrutada por todos los públicos, por sus mil matices. No entraré en el aspecto de los temas de los que trata, que pueden o no ser aptos para ciertas edades. Hablo de la historia en sí. Porque como comentaba hace unos días en un par de tweets, he leído historias que son tanto para jóvenes como para viejos, para niños, adolescentes y adultos por igual. Y me asquea ver en los catálogos y en las colecciones cómo encasillan Alicia en el País de las Maravillas o Los viajes de Gulliver (y pasando por el incomprensible caso de alguna obra de Sylvia Plath) en la sección de jóvenes. Si bien la primera sí fue concebida para un público más niño, desde la perspectiva actual resulta imposible que un niño/estudiante de secundaria entienda todas las implicaciones de cualquiera de esas novelas. Por favor, si estoy equivocada, hacédmelo saber.

Algunos me diréis que las etiquetas son simples pistas o indicaciones para el padre despistado que quiere hacer un regalo, pero lo que han causado ha sido, más que una ayuda, un estorbo y una barrera a tener en cuenta: muchos se las han tomado al pie de la letra, y han empezado a trazar líneas. Hace algún tiempo, mi familia, sin ir más lejos, me soltaba las típicas pullas de “¿eso no es un libro para niños? Deberías empezar a leer cosas para adultos”. Bastante me costó que mi madre comprendiera que la magia de las novelas “dedicadas” a una audiencia infantil es uno de esos guilty pleasures (aunque en realidad no es que lo oculte: SÍ, ME GUSTAN LOS LIBROS INFANTILES, Y SI TIENEN DIBUJITOS, MEJOR QUE MEJOR).

No cabe duda de que la literatura actual no es solo la editorial en sí, y temo que malinterpretéis esta entrada como un ataque directo hacia el sector. Ni mucho menos: los lectores también tenemos la culpa, porque nos comemos lo que nos ponen en la mesa, desde las modas de géneros y subgéneros hasta el escritor del momento. Somos lectores, lo que quiere decir también que somos consumidores, y las editoriales no pierden la oportunidad de vendernos lo que tengan del modo en que haga falta. Por eso ponen esas frases ridículas en las encuadernaciones de los libros, indicándonos a qué bestseller se parece el último libro que han publicado, o ponen una frase de halago de un autor/blogger/personalidad que el presunto comprador pueda reconocer. Dejadme deciros que eso ya se hacía en la imprenta del siglo XVI. La diferencia es que antes lo ponían dentro, para que diera menos vergüenza ajena adquirir

El libro que tuvo a Christian Grey sin pensar en sexo durante una semana

 o

“La historia que me habría gustado escribir a mí”
—La nariz de Lord Voldermort


Necesitaría varias entradas como esta para hablar de todo lo que veo en el mundo del libro que me hace fruncir el ceño. Necesitaría uno para hablaros del lector tipo y del propio autor, pero no creo que esté en mi mano hacerlo. En su lugar, os animo a que dejéis vuestras opiniones, porque en este blog nunca se le dice que no a un buen debate: ¿Creéis que nos dirigimos sin remedio a un paraíso para la lectura exclusivamente comercial? ¿Creéis que los “famosos” lo tienen más fácil para publicar o que se examinan objetivamente los manuscritos? ¿Christian Grey o la nariz de Voldemort?




P.D. 
Esta entrada ha sido aprobada antes de su publicación por Morrigan.